Guardesa, se dedicaba a una de las primeras profesiones ferroviarias desempeñadas por mujeres. Desde finales del siglo XIX, vigilaba los pasos a nivel, vivía en casetas junto a la vía y abría o cerraba manualmente las barreras para garantizar la seguridad. Además, utilizaba faroles y bengalas para avisar del paso de los trenes, convirtiéndose en una figura esencial y muy querida en los pueblos.